por Luiz Arnaldo Campos
Fue una batalla épica. La huida del candidato derrotado hacia los Estados Unidos, bajo el beneplácito ostensivo de Trump, configura una victoria histórica, que detuvo, por ahora, la marcha de la extrema derecha, aliada al imperialismo, sobre o continente. Venían de éxitos en Argentina, Bolivia, Ecuador, Venezuela, Colombia, Paraguay y si lograban vencer en Brasil, realmente se apoderarían de nuestro continente.
Fue una inequívoca victoria popular, construida por millones de manos. En la Amazonía, las imágenes de las manifestaciones de los pueblos indígenas afianzando su voto por Lula, las flotas de pequeños y grandes barcos cubiertos de banderas rojas fue impactante. En las grandes y medianas ciudades de todo Brasil los mítines multitudinarios superaran en cantidad de gente a los ocurridos en la campaña que puso fin a la dictadura militar.
El resultado fue muy expresivo. Lula, en la primera vuelta se quedó atrás por dos millones de votos. En la segunda triunfó por cuatro millones y esto en apenas quince días.
Fue posible porque la gente tomó el comando de la campaña en sus manos. El estallido de la juventud que ocupó las calles, la organización del ejército digital de Lula con diez millones de participantes, llamados los “Soldados de Lula”, la movilización de los ancianos. Todas fueran iniciativas que pasaron por encima del comando de campaña.
La movilización digital y callejera transformó lo que había sido una pálida propaganda del gobierno mezclada con la apología de Lula, en una campaña de lucha con ojos puestos en el futuro, con propuestas y acciones concretas como el incremento del valor de la beca familia, la promesa de transporte gratis los fines de semana, la cancelación de deudas de la gente, apoyo financiero a los estudiantes pobres en la universidad, apoyo financiero a los pequeños empresarios populares y otros puntos más. A destacar es la aprobación, en el Congreso Nacional, de la jornada de trabajo de 40 horas semanales, sin reducción del sueldo.
A todo esto se agregó una eficiente propaganda diseminando el temor de un eventual gobierno Bolsonaro, con el desmantelamiento de las políticas de salud, educación, sueldo mínimo, de cuidados con jubilados y pensionistas construidas durante los gobiernos Lula.
Fue una extraordinaria victoria defensiva, pero no hay garantías de que esta victoria se vaya a transformar en una contraofensiva popular. El motivo principal es la mayoría abrumadora que la derecha y extrema derecha conquistaran en la Cámara de Diputados y particularmente en el Senado. Momentáneamente la extrema derecha está descabezada, la centro derecha está lista a negociar con el cuarto gobierno Lula, pero no lo hará sin concesiones sustanciales.
Por otro lado las calles exigen medidas concretas que mejoren la vida de la gente y garantice un futuro con dignidad. Surge el impase. Lula está entre las urgencias del pueblo y las exigencias del mercado. En la campaña asumió compromisos bien claros con la población pero por los medios de comunicación el capital financiero ya hace una enorme bulla clamando por austeridad fiscal o sea recortes en los programas populares para garantizar a los rentistas el pago de la deuda pública. Infelizmente, la tradición indica que al revés de apoyarse en el pueblo movilizado para enfrentar la derecha atrincherada en el Congreso, Lula buscará el camino de la conciliación. Pero esta vez las orillas son muy angostas. Lula no se puede desmoralizar pero la derecha quiere, en el plan económico, su rendición inmediata. Por otro lado tampoco está claro lo que va a hacer el imperialismo. Trump afianzó su respaldo a Flavio Bolsonaro y lanza sospechas acerca de la validez de las elecciones, pero no parece que va tomar una posición clara acerca del nuevo gobierno brasileño antes de la renovación del Congreso en los Estados Unidos. Por ahora el futuro es imprevisible en medio de este escenario de crisis.
Para las fuerzas populares no veo otro camino que no sea luchar y presionar por un cambio radical en la política económica y una reforma política que introduzca cambios institucionales capaces de aumentar sustancialmente la participación popular en nuestro modelo de democracia representativa. Pero esto es más fácil decirlo que hacerlo. Las multitudes que se movilizaran , en su mayoría, no pertenecen a ningún partido o movimiento social y no es cierto que se mantendrán movilizadas. Pero debemos convocar a todas y todos para que sigamos en la lucha. En la Amazonia, la tarea inmediata es el cumplimiento del Plan de Acción del XII FOSPA. En Brasil, esto significa sobre todo avanzar en la titulación y la defensa de nuestros territorios, pues la agudización de la crisis puede estimular el agronegocio y la minería para que refuercen sus acciones ofensivas contra nuestra gente y nuestra tierra. Significa también incrementar la resistencia a la avanzada petrolera y de las grandes minerías que detienen el “agreement” del gobierno federal. Habrá habrá momentos en que lucharemos junto con el gobierno Lula, otros en que intentaremos ejercer presión y otros más en que resistiremos a las iniciativas gubernamentales.
En términos panamazónicos la cosa es más compleja porque la victoria en Brasil, aunque sea un aliento en los otros países, tampoco mejora de inmediato las condiciones da la lucha, que están empeorando, como indican los acontecimientos recientes en Ecuador, Peru, Colombia y Venezuela. ¿Que hacer?
Creo que un primer paso puede ser una Campaña Mundial de denuncia de las tentativas de recolonización del continente, llevada a cabo por los movimientos sociales, organizaciones, pueblos amazónicos y andinos. En caso de una victoria del Partido Demócrata en las elecciones de noviembre se crearán posibilidades de repercutir esta campaña en el interior de los propios Estados Unidos.
Puede ser un comienzo.
